Es sabido que cualquier bruja respetable tiene un gato negro. Los gatos negros son, de entre todos los gatos, los que más y mejor se comunican con las mujeres. Y muy especialmente si éstas son brujas.

Pues sí. Se sabe desde antiguo que el gato negro es compañero de las brujas y emite un maullido largo, eufónico, bien modulado y lleno de intenciones y secretos cuando una de ellas lo toma en sus brazos. También afirman que las brujas entienden el lenguaje de los gatos negros sin dificultad. Por eso, desde antiguo, aquellos que viven atemorizados por lo diabólico han podido demostrar que una mujer es bruja cuando poniendo un gato negro en sus brazos observan que éste se acomoda zalamero a ella, y le habla. Y lo hacen a mala idea, ¡como si ser bruja estuviera contraindicado!

Pues bien, siendo tan mágicos los gatos negros que pueden hablar cuando quieren, en tiempos de ignorancia profunda, les sobrevino la mala suerte, ocurrió porque allá por los siglos XII y XIII, los hombres de religión se obsesionaron pensando en el mucho peligro que corría la iglesia amenazada por los bogómilos, los valdenses y los cátaros y acosada por los turcos y los árabes. Y, por si esto fuera poco, por ahí andaban los judíos con sus extraños ritos alquímicos y cabalísticos. Para exorcizar tanto peligro, demonizaron a los herejes acusándoles de celebrar ceremonias orgiásticas en las que se cometían incestos, bestialismo, infanticidio y canibalismo. Se afirmaba que el diablo en persona con una corte de satélites y adláteres, entre ellos las brujas, presidía las orgías de los herejes y solía hacerlo bajo la forma de un animal, la mayoría de las veces un gato negro o un carnero.

Cuando aquella etapa se superó, y no fue pronto, el gato negro y las brujas habían quedado estigmatizados. Desde entonces y aún ahora para algunos ignorantes- gato negro y mujer vieja simbolizaron el mal y la mala suerte. Son tan necios los que tal piensan que en su penuria cultural, los mantienen a ambos, bruja y gato, asociados a las tinieblas y a la muerte.

Pero claro, quienes no odian a las brujas tampoco temen a los gatos negros. Para algunos tiene solamente cualidades mágicas y maravillosas. Algunas mujeres no se casarían sin acariciar antes el reluciente lomo de un gatazo negro. Otras no estrenarían jamás una casa sin que antes un gato negro se paseara libremente por ella e indicara los rincones más propicios. Y muchos navegantes y pescadores no saldrían a la mar sin dejar en casa a un gato negro que garantizara un bien viaje y un seguro regreso. ¡Ah, se me olvidaba! He oído contar que todo gato negro tiene al menos un pelo blanco y que quien lo encuentra y lo guarda, corona con éxito todas sus empresas.

No siempre los gatos negros viven con una bruja. A veces el gato elije para vivir a una familia normal de padres disciplinados con niños que se comen todo lo que hay en el plato y se lavan los dientes dos veces cada día. Lo hacen así porque suelen ser casas cálidas y los gatos negros no soportan el frío. Pero esten seguros de que no lejos, quizás en el piso de arriba, en la casa de enfrente o en la azotea del tejado vecino, vive su bruja amiga: aquella con la que puede hablar de cualquier cosa y que guisa mejor que nadie las patas de cabra, los dientes de león y las lenguas de serpiente en su caldero ahumado y negro y con la que comparte los más genuinos rincones de la noche.